Vivir y sentir el patrimonio (Curso 2019/20)

VICENTE NÚÑEZ (1926-2002): LA ÉPOCA QUE LE TOCÓ VIVIR

En su larga existencia, Vicente Núñez vivió algunos de los períodos más convulsos de la historia de España del siglo XX (la dictadura primorriverista, la segunda república, la guerra civil, la posguerra y el franquismo), pero también otros de los más esperanzadores (la transición y la consolidación democrática, así como el significativo progreso socioeconómico de nuestro país en el seno de la Unión Europea). A continuación, analizaremos brevemente los hitos más importantes contextualizadores de la vida del poeta aguilarense.

1. La dictadura de Primo de Rivera

Vicente Núñez nació en 1926, en plena dictadura del general jerezano Miguel Primo de Rivera, implantada tras el golpe de estado que protagonizó el 12 de septiembre de 1923. Pronunciamiento que puso fin al viejo y decadente régimen de la Restauración para así regenerar el país, contando con el indisimulado apoyo del rey Alfonso XIII, del ejército y de la burguesía más conservadora.

La dictadura primorriverista se caracterizó por la implantación de un autoritarismo paternalista basado en varios pilares:

  • La supresión del sistema parlamentario originado con la Constitución de 1876, que supuso la suspensión de las garantías constitucionales y la limitación de la libertad de prensa.
  • Una ideología conservadora, difundida por la Unión Patriótica, partido fundado  en 1924 por el dictador para primero institucionalizar el régimen y posteriormente para perpetuarse en el poder.
  • La represión de la disidencia política –en especial de la republicana, socialista, comunista y anarquista– y del movimiento obrero.
  • La guerra con Marruecos, a la que se puso fin tras el desembarco de Alhucemas (1925), alcanzando notoriedad una nueva generación de militares africanistas que desempeñarían un enorme protagonismo en los años posteriores (como Sanjurjo, Varela, Franco, Mola, etc.).
  • La prosperidad económica, con el desarrollo de importantes obras públicas (construcción de pantanos, carreteras y ferrocarriles), la concentración bancaria y la creación de pujantes compañías nacionales (como CAMPSA, Telefónica, RENFE, etc.).
  • La introducción de medidas sociales favorecedoras de la clase obrera, como la creación del seguro de maternidad y las ayudas a las familias numerosas. Asimismo, se creó la Organización Corporativa del Trabajo, formada por comités paritarios de patronos y trabajadores para establecer las condiciones salariales y laborales, sometiéndose en caso de discrepancia al arbitraje de la autoridad gubernativa.

Todo ello conllevó, pese a la falta de libertad, un período de relativa paz social y desarrollo económico.

Sin embargo, la crisis económica en el marco de la Gran Depresión de 1929, la cada vez más activa oposición y la pérdida de apoyos entre la clase política e incluso en parte del ejército precipitaron la dimisión de Primo de Rivera en enero de 1930, dando paso al período conocido como “dictablanda” de los breves gobiernos encabezados por el general Berenguer y el almirante Aznar, cuyo objetivo principal fue plantear el proceso de vuelta al sistema constitucional de 1876, pero su debilidad política y social derivaría a la república. En agosto de 1930 distintos políticos e intelectuales de variada tendencia firmaron el Pacto de San Sebastián, declaración republicana que establecía las bases para la transición a un gobierno republicano, al mismo tiempo que se creaba la Asociación Republicana Militar y la Agrupación al Servicio de la República, esta última integrada por intelectuales de la talla de Ortega y Gasset y Gregorio Marañón. Auge del republicanismo que desembocó a finales de 1930 en una intentona militar frustrada para la proclamación de la república, la de Jaca.

2. La Segunda República

El 14 de abril de 1931, tras la victoria republicana en las principales ciudades  españolas en las elecciones municipales del 12 de abril y la precipitada salida del país de Alfonso XIII por su apoyo a la dictadura, se proclamó la Segunda República y se conformó un gobierno provisional. Pocos meses después, se aprobó la Constitución de 1931 y en diciembre una coalición republicana-socialista conformó el primer gobierno constitucional republicano, encabezado por Manuel Azaña, mientras que Niceto Alcalá-Zamora fue nombrado presidente de la república.

El gobierno Azaña inició un programa de reformas para acabar con los resquicios de la dictadura y de la monarquía, con la influencia eclesiástica y con las profundas diferencias socioeconómicas existentes, al mismo tiempo que impulsó las autonomías catalana y vasca. En este sentido, por ejemplo, introdujo la reforma agraria, consistente en el reparto de tierras entre los jornaleros; se implantaron distintas disposiciones que afectaron a las relaciones Iglesia-Estado (como la confiscación de bienes a los jesuitas, el fin de la actividad docente religiosa, las leyes de matrimonios civiles y de divorcio…); se aprobó el Estatuto de Autonomía de Cataluña; etc. 

Sin embargo, el descontento entre las élites conservadoras, la Iglesia y el Ejército fue cada vez mayor. En agosto de 1832 el general Sanjurjo protagonizó un golpe de estado antirrepublicano que tan sólo fue secundado de forma parcial en Madrid y Sevilla, y cuya improvisación precipitó su fracaso. Por otro lado, los anarquistas consideraron que los cambios debían ser más amplios, por lo que se opusieron al gobierno Azaña; precisamente, en el marco de la agitación existente en el campo andaluz para instaurar el comunismo libertario, en la pequeña localidad gaditana de Casas Viejas estalló a principios de 1933 una revuelta social anarquista, reprimida con dureza. Todo ello provocó que intelectuales como Ortega y Gasset o Unamuno que tanto habían defendido la venida de la república se desilusionaran al considerar que se estaba alejando de los valores que inspiraron su proclamación, de ahí la famosa frase de Ortega “No es eso, no es eso”.

La penosa situación económica y social, el sectarismo antirreligioso concretado en la quema de conventos e iglesias, la oleada de violencia desatada por todo el país y el separatismo de Cataluña y el País Vasco provocaron el desgaste del gabinete Azaña, crisis que supo canalizar en su beneficio electoral la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil Robles. Sin embargo, su victoria en las elecciones generales de 1833 no le otorgó una mayoría parlamentaria sólida, por lo que se vio obligado a pactar con el Partido Radical de Alejandro Lerroux, dando lugar a dos años de gobiernos de centro-derecha. Sus medidas fueron consideradas reaccionarias por socialistas, anarquistas y comunistas, estallando la revolución de octubre de 1834, que afectó en especial a Asturias; movimiento revolucionario que fue aplastado por el ejército al mando del general Francisco Franco.

Las elecciones generales de febrero de 1936 le dieron la victoria a la coalición de partidos de izquierdas bajo la denominación de Frente Popular, que formó gobierno, encabezado de nuevo por Manuel Azaña, aplicando de inmediato el avanzado programa de reformas frentepopulistas. A partir de entonces la radicalización de la política se incrementó hasta alcanzar elevadas cotas de violencia, sectores cada vez más crecientes del Ejército y de fuerzas de la ultraderecha –sobre todo, la Falange (partido de influencia fascista fundado en 1933 por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que fuera dictador), el Requeté (el tradicionalismo católico y carlista) y las JONS– e incluso los anarquistas de la CNT conspiraban, y las huelgas obreras se sucedían, al mismo tiempo que los nacionalistas catalanes y vascos exigían cada vez una mayor autonomía; todo ello acompañado de la debilidad política del gabinete de Santiago Casares Quiroga, que había sucedido a Azaña cuando éste asumió la presidencia de la República.

Ante esta conflictiva situación, el asesinato de uno de los líderes de la derecha, José Calvo Sotelo en venganza por la muerte de un militar republicano perpetrada por elementos derechistas, el teniente Castillo, fue la chispa del alzamiento militar, preparado desde hacía tiempo, que estalló en Melilla el 17 de julio de 1936 al sublevarse el ejército de África y que se extendió a buena parte del país. 

El golpe de estado, organizado por el general Mola con el apoyo de distintos militares (Franco, Sanjurjo, Cabanellas, Queipo de Llano, Goded, etc.) y respaldado por los falangistas, los requetés y parte de la burguesía y la Iglesia, e incluso en algunas regiones por las clases medias, los obreros y el campesinado cansados de los desórdenes, triunfó en las posesiones españolas del norte de África, en las Islas Canarias, parte de las Baleares y en ciudades como Zaragoza, Pamplona, Valladolid, Sevilla, Granada y Córdoba. Sin embargo, fracasó en Madrid y Barcelona, así como en la mayor parte de la cornisa cantábrica y toda la costa mediterránea, a lo que se unió que una parte importante del ejército y de las fuerzas de seguridad permanecieron leales a la república, al mismo tiempo que se armó a las milicias sindicales, lo que sirvió para contrarrestar el alzamiento en muchos lugares.

3. La Guerra Civil

El fracaso del golpe militar contra el gobierno republicano legítimo en buena parte del país derivó en el inicio de la cruenta Guerra Civil española (1936-1939), que en sus casi tres años de duración provocó medio millón de muertos.

Los dos bandos enfrentados estuvieron integrados por fuerzas heterogéneas. El sublevado, que pronto se autodenominó nacional y quedó bajo las órdenes únicas del general Francisco Franco –cuya propaganda le otorgó el apelativo de Caudillo, recibiendo el 1 de octubre de 1936 la designación de Jefe del Estado y Generalísimo del Ejército–, quedó conformado por: el Ejército; las organizaciones antirrepublicanas y antimarxistas; y, elementos de las clases altas y medias y extensos sectores del campesinado, de obreros cualificados y artesanos católicos. Por su parte en el republicano también se pueden distinguir tres grandes grupos: los partidos de izquierdas; las organizaciones obreras; y los nacionalistas catalanes y vascos. Asimismo, en el marco de la política de no intervención de las democracias europeas, como el Reino Unido y Francia, la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nacionalsocialista de Hitler apoyaron con armas e incluso con tropas a los nacionales, mientras que los republicanos recibieron la ayuda material de la Unión Soviética y de México y el refuerzo humano de las Brigadas Internacionales.

Al inicio del conflicto, los nacionales dominaron Castilla y León, Galicia, Navarra, el alto Ebro, Andalucía occidental, Extremadura, las Baleares, las Canarias y las posesiones africanas, mientras que los republicanos controlaron Madrid, la franja cantábrica, Cataluña, Valencia, Murcia, Castilla la Mancha y Andalucía oriental.

En cuanto a las fuerzas en lucha, inicialmente la República contó con una posición ventajosa, al disponer de los recursos humanos y materiales más importantes; de hecho, controló las zonas industriales del País Vasco y Cataluña, el carbón de Asturias, los cereales castellanos manchegos, los productos de regadío levantinos, las reservas del Banco de España, casi toda la aviación, dos terceras partes de la marina de guerra y gran parte del Ejército. Por el contrario, los nacionales dispusieron de medios y de fuerzas muy inferiores, desequilibrio compensado por una mejor preparación de sus efectivos, puesto que la lealtad de los mandos militares que permanecieron en el bando republicano resultó dudosa, sustituyéndose en muchas ocasiones por líderes milicianos con resultados unas veces sorprendentes y otras catastróficas, mientras que los sublevados contaron con oficiales cualificados y con el cuerpo de ejército mejor organizado del país, el de África. De ahí que no resulte extraño que fueran estos últimos los que tomaran la iniciativa.

Desde la baja Andalucía, Franco logró continuos avances, haciendo retroceder las líneas republicanas. Por el contrario, los republicanos se mantuvieron en general a la defensiva y divididos, registrándose incluso enfrentamientos armados entre ellos, destacando la rebeldía anarquista o la eliminación de los trotskistas del POUM por los comunistas de influencia soviética. Con la decisiva batalla del Ebro (de julio a noviembre de 1938), el ejército republicano sufrió una severa derrota, quedando dividida la zona controlada por la República en dos y encontrándose ya perdida la guerra. A principios de 1939 cayó Cataluña y en marzo Madrid.

El 1 de abril de 1939 terminó la Guerra Civil, exiliándose decenas de miles de republicanos. Pero el fin de la guerra y la victoria del bando nacional no supuso la reconciliación de los españoles, sino el inicio de la dictadura franquista y de la continuación de una cruenta represión, caracterizada por la ejecución, el encarcelamiento y la persecución de republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, intelectuales de izquierdas y de todo el que se opusiera al nuevo régimen. Represalias ya practicadas durante la guerra por ambos bandos y que supusieron el exterminio de millares de personas.

4. La dictadura de Franco

 A la muerte y la destrucción provocadas por el conflicto bélico, se unió la dura posguerra, caracterizada por la ausencia de libertades, el hambre y la miseria, coincidente con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Pese a que España se mantuvo neutral, el franquismo ni pudo ni quiso incumplir sus obligaciones con las potencias del Eje que le ayudaron a ganar la guerra civil, de ahí que se enviara una fuerza militar, la División Azul, a combatir en Rusia. 

Precisamente, el apoyo del régimen a los países que resultaron derrotados en la guerra mundial conllevó que los vencedores sometieran a España al aislamiento internacional, excluyéndola de las organizaciones internacionales creados a mediados de los años cuarenta (como la ONU) y de los fondos destinados por los Estados Unidos a la reconstrucción de Europa en el marco del Plan Marshall, al mismo tiempo que se vio sometida a la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con la mayoría de los países, lo que supuso el desabastecimiento de productos importados y de carburantes. Esto provocó que los efectos de la posguerra durasen más en el tiempo y que el régimen franquista se cerrara sobre sí mismo e incluso adquiriera legitimidad moral, apareciendo ante la opinión pública española como víctima de un complot extranjero y estableciendo una política de autarquía económica, consistente en la intervención masiva del Estado en una economía dirigida a la autosuficiencia. Mientras que la oposición interna al régimen, como consecuencia de la represión, estuvo protagonizada casi en exclusiva por la resistencia armada de los maquis, que paulatinamente fueron perdiendo fuerza.

En cuanto a la organización interna del poder político, en los primeros años de la dictadura franquista la Falange disfrutó de un marcado protagonismo –a través de figuras como Ramón Serrano Súñer, José Antonio Girón o Raimundo Fernández Cuesta– que fue decreciendo conforme los totalitarismos fascistas europeos iban perdiendo la guerra mundial. Además, se aprobaron distintas leyes para legitimar el poder dictatorial, como el Fuero de los Españoles (1945), la Ley de Referéndum Nacional (1945), la Ley de Administración Local (1945), la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1947), etc.

Por otro lado, con el fin de paliar los efectos de la guerra y atender a una población sumida en la pobreza, se promulgó una legislación –caso del Fuero del Trabajo (1938)– y se crearon distintos organismos –como la Comisaría de Regiones Devastadas y el Auxilio Social– que desarrollaron la preocupación social del régimen y, sobre todo, permitieron la consolidación de la dictadura puesto que las clases modestas pudieron disfrutar de una asistencia de la que habían carecido. Sin embargo, ante la escasez de alimentos de primera necesidad, se estableció un drástico y largo racionamiento, perdurando el del pan hasta 1951.

No obstante, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, la visión de las potencias occidentales hacia la dictadura cambió de forma espectacular. En el contexto de la Guerra Fría, la España de Franco fue considerada por Estados Unidos como una pieza importante en el freno del avance del comunismo, lo que conllevó el reconocimiento internacional de la legitimidad del régimen franquista. En 1950 la ONU acordó el cese del aislamiento de España, comenzando a regresar los embajadores y reactivándose las importaciones. En 1953 se firmó el pacto de alianza y ayuda mutua con Estados Unidos y el Concordato con el Vaticano, y en 1955 se produce el ingreso de España en la ONU.

Es a partir de estos años cuando España abandona el largo período de reconstrucción tras la guerra civil e inicia una etapa de expansión económica, caracterizada por el crecimiento de los salarios, aunque también de la inflación, así como por el incremento del consumo. Al mismo tiempo, proliferan las diversiones, la música ligera y el fútbol se convierte en un gigantesco espectáculo de masas. En política, el dictador se decanta cada vez más por gobiernos formados por demócrata-cristianos y se vislumbra la deriva del régimen hacia la monarquía –de hecho, el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón regresa del exilio para estudiar y desarrollar su formación militar en España–; pero, también, en 1956 comienzan de forma tímida las protestas universitarias a favor de la libertad y la democracia.

Será en la década de los sesenta cuando, coincidiendo con la época del desarrollismo económico, la dictadura franquista atraviese por una profunda crisis política que de forma irreversible irá socavando el régimen. Los ministros tecnócratas y del Opus Dei se suceden. Se introdujo el Plan de Estabilización (1959) para frenar el crecimiento galopante de los precios y potenciar la producción. En 1963 se puso en marcha el primer Plan de Desarrollo Económico y Social, sustituido con posterioridad por otros varios que supusieron ni más ni menos que la transformación más radical de España en la contemporaneidad, caracterizada por el espectacular auge de la industria y de sectores económicos novedosos como el turismo, el consumo interno y las rentas de las familias se dispararon –buena parte de los hogares españoles pudieron disponer de distintas máquinas domésticas y de un coche, e incluso tuvieron la posibilidad de viajar en vacaciones–, etc. Esta política propició que en pocos años la fisonomía del país se modificase con rapidez, mientras que el crecimiento demográfico de los cincuenta creó un excedente humano que se vio obligado a emigrar a distintos países de Europa y a las zonas industriales españolas –País Vasco y Cataluña–.

Por otro lado, el régimen dio señales de un cierto aperturismo, concretado en la Ley Orgánica del Estado (1966) y en la designación del príncipe Juan Carlos como sucesor del dictador a título de Rey (1969). Sin embargo, estos gestos no contentaron a los sectores que exigían la democratización inmediata del país, produciéndose multitud de algaradas estudiantiles y huelgas obreras, coincidentes con el relanzamiento de las organizaciones sindicales prohibidas desde la guerra civil –en especial la UGT y Comisiones Obreras– y la cada vez mayor oposición de los partidos políticos clandestinos –el PSOE y, sobre todo, el comunista–. Pero, también, proliferaron las organizaciones que perseguían con las armas el fin de la dictadura, destacando la banda terrorista ETA, que en un atentado espectacular a finales de 1973 acabó con la vida del entonces presidente del Gobierno y delfín de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco.

La desaparición de Carrero Blanco, uno de los hombres más identificados con la vieja guardia franquista, supuso la ruptura de la continuidad del régimen, dejando abierto el camino hacia la democracia. Cambios, en el marco de la crisis económica de 1973, que no empezaron a producirse hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975. Entonces, el príncipe Juan Carlos asumió la jefatura del Estado, impulsando las reformas políticas necesarias para democratizar el país.

5. La España democrática

Juan Carlos I se rodeó de políticos procedentes del propio régimen franquista, pero con la suficiente capacidad para comprender que la dictadura no tenía posibilidad de continuar en un contexto de países occidentales democráticos. En este sentido, en 1976 el Rey destituye a Carlos Arias Navarro, el último de los presidentes del Gobierno designados por Franco, y le sustituye por Adolfo Suárez, quien pese a su juventud había sido ministro secretario general del Movimiento, el partido del régimen. Éste, junto con otros políticos que habían ocupado cargos clave en el franquismo, como Torcuato Fernández Miranda, posibilitó el desmantelamiento del régimen desde dentro y el avance paulatino y pacífico de España hacia la democracia, dando lugar a la conocida etapa de la Transición.

En 1976 se aprobó la Ley para la Reforma Política, que supuso un mayor aperturismo político y la derogación en la práctica de las instituciones franquistas, y a principios de 1977 se legalizaron todos los partidos políticos, incluido el comunista, encabezado por Santiago Carrillo; los partidos más importantes de entonces fueron, de derecha a izquierda, Alianza Popular del exministro Manuel Fraga, la Unión de Centro Democrático del propio Adolfo Suárez, el PSOE liderado por Felipe González y el PCE de Carrillo. En junio de 1977, se celebraron elecciones generales para conformar unas Cortes plenamente representativas, cuyo principal objetivo fue la elaboración de una Constitución, aprobada en referéndum el 6 de diciembre de 1978, que establece, entre otros principios, el carácter autonómico del Estado español.

Sin embargo, este período no se vio exento de actividades de desestabilización protagonizados por grupos terroristas como ETA y GRAPO, así como por intentos de involución política orquestados por sectores nostálgicos de la dictadura. Estos últimos estuvieron detrás del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, cuyo fracaso gracias a la oposición del rey, respaldada por los partidos políticos y la sociedad española en general, dejó patente que no había vuelta atrás en el proceso democratizador.

El contexto político-económico adverso y los problemas internos en la UCD obligaron a dimitir a Suárez en enero de 1981, sucediéndole otro gobierno centrista presidido por Leopoldo Calvo Sotelo, cuya permanencia en el tiempo resultó muy breve debido a su debilidad parlamentaria y a la descomposición de la UCD. En 1982 el Partido Socialista Obrero Español ganó las elecciones legislativas, pasando su líder, Felipe González, a encabezar el primer gobierno socialista desde la Segunda República, alternancia en el poder que supuso toda una muestra de la fortaleza de la flamante democracia española. En los años ochenta y principios de los noventa, España crece económicamente, gracias en parte a su incorporación en 1986 a la entonces Comunidad Económica Europea, y se producen profundos cambios sociales, pero también se deben afrontar problemas muy graves como el elevado paro y los terribles zarpazos del terrorismo de ETA.

En 1996, se repite el relevo político, cuando el gobierno socialista de Felipe González, agotado por trece años en el poder y salpicado por los escándalos de corrupción y las ilegalidades cometidas en la lucha antiterrorista con la creación del GAL, perdió las elecciones generales, dando paso al de centro-derecha del Partido Popular presidido por José María Aznar. Éste culminará la integración europea de España y posibilitará su significativo desarrollo económico en los albores del siglo XXI.

Vicente Núñez en el callejero de Aguilar de la Frontera

Estos son lo enlaces que nos periten acceder al artículo publicado en la Revista Andalucía Educativa y gira en torno a las actividades realizadas en el marco del programa Vivir y sentir el patrimonio.

http://www.juntadeandalucia.es/educacion/portals/web/revista-andalucia-educativa/contenidos/-/contenidos/detalle/vicente-nunez-poeta-y-filosofo  

Biografía de Vicente Núñez Casado

Foto de Vicente NúñezVicente Núñez Casado nació y murió en Aguilar de la Frontera, el pueblo al que catapultó para siempre gracias a la más brillante constelación de la perfecta sintaxis convertida en poesía.

Ipagro-Poley estaba ya en la Campiña cordobesa cuando Pablo Núñez llegó desde Valladolid. Allí aguardaba también la joven María Vicenta Casado, para compartir su amor con aquel industrial forastero y con los tres hijos que nacería de su unión.

Y allí, en Aguilar de la Frontera (Córdoba), nació el único varón, un 8 de junio de 1926. Allí pasó su infancia y la Guerra Civil del 36.

Comienza sus estudios de Bachillerato en Cabra y en el Colegio Nuestra Señora de Araceli de Los Hermanos Maristas de Lucena, donde nace su amor por la literatura.

Padres de Vicente NúñezDe aquellos años, marcados por los dogmas religiosos, en su pueblo y en la ciudad vecina, dan fe sus recuerdos infantiles, escritos de forma magistral en Los días terrestres. Recuerdos de su madre y de su despertar al amor que se perpetúan en poemas como La Parroquia (Yo subía a la iglesia los viernes con mi madre/ bajo su chal de lana escardada y suavísima;…) o Vacaciones (Nadie sabrá a distancia qué tejas fueron nuestras,/ qué palomares altos, qué recortes de hostias;/ nadie cómo dolían la humedad y la vela…).

La pequeña industria familiar de aceites y jabones, permite al adolescente continuar sus estudios de Bachillerato Superior en el Colegio San Estanislao de los Padres Jesuitas de El Palo (Málaga), donde muestra pasión por Shakespeare, Pérez de Ayala, Azorín… Finaliza en el Colegio de los Hermanos Maristas de Madrid y pasa el Examen de Estado en la Universidad de San Bernardo. 

En los últimos años de la difícil década de los cuarenta, su padre, consciente de la excepcional inteligencia de Vicente, le aconseja trasladarse a Granada para estudiar Derecho, con la finalidad de convertirle en notario. 

Estudios de Vicente NúñezComienza sus estudios de Derecho en 1947, iniciándose su creación poética en la Revista Forma, dirigida por Manuel Aróstegui y Víctor Andrés Catena. Lee a Rilke, familiarizándose con gran admiración hacia el romanticismo alemán.

Para entonces, el joven poeta había leído a los clásicos españoles en su totalidad, además de a Shakespeare, Goethe, Maiakiski, Rilke, Bécquer, Cernuda, Aleixandre o Blas de Otero, entre otros, y haber descrito otros pasajes de su adolescencia en poemas como el Salve Regina, publicado cuarenta años más tarde en Teselas para un mosaico: Salve Regina (escúchame,/ necesito de nuevo/ abrazarte esta noche); Mater Misericordiae (detrás del cobertizo/ del campo de deportes…

Granada será también el marco de la primera bohemia; de los conciertos, exposiciones, recorridos por el Paseo de los Tristes, ensaladillas en el Café Suizo y descansos en el balneario de Lanjarón. Allí traba sus primeras relaciones literarias, participando en la revista Forma y en el volumen Sur de Poesía

En 1952, una crisis en la industria de don Pablo, aconseja vender en Aguilar y trasladar el negocio a Málaga, junto a toda la familia, donde abre un establecimiento llamado “La Hoja de Oro”. Para entonces, el muchacho cursa el quinto año de Derecho, carrera que fue aprobando curso por año hasta dejarse, por voluntad propia, una asignatura pendiente (Derecho Procesal II), de la que se matricula en Sevilla, antes de dejarla definitivamente, para incorporarse a las Milicias Universitarias, como alférez. 

En Montejaque (Ronda), pasa un tiempo decisivo para su formación: en la biblioteca del poeta Pérez Clotet, con sus compañeros de campamento Carlos Barral y Antonio Gala, entre otros. Allí cumple el sueño de hospedarse, durante algunos fines de semana, en la misma habitación en que lo hiciera Rilke en el Hotel Victoria. Junto al Tajo de Ronda, disfrazaría de amor la crisis existencial que le provocó la disciplina militar, bajo el título de In Memoriam, publicado en Poemas Ancestrales en 1980: …que suspiró temiendo la llamada del Tajo:/ así, imperiosa, la voz a su servicio,/ a tan temprana edad me reclamaba./ …el cornetín distante resumiendo/ los intactos patíbulos del amor – ¡para mí!-.

Ya había contactado con la revista malagueña Caracola, formando parte de su grupo editorial y entablando amistad con Bernabé Fernández-Canivell o Alfonso Canales. En 1953 publica su primer poema “… de la luz y del mar” (Abril, Revista Caracola). Va a vivir en ese medio una etapa literariamente muy activa: publica sus primeros libros de poemas, escribe reseñas, traduce, participa en tertulias, establece relaciones (Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego…; y, por vía epistolar, con Cernuda y Prados), comparte su tiempo con otros poetas que empiezan (Pérez Estrada, María Victoria Atencia, Rafael León).  

Entre Aguilar y Málaga pasan sus días la familia afincada ya en esta última ciudad, mientras contacta con Cántico (Ricardo Molina, Juan Bernier, Pablo García Baena) en el Tercer Congreso Internacional de Santiago de Compostela, verano de 1954, hechos que, en palabras del poeta fue “un acontecimiento en su vida”. Se encuentra inserto en la ideología y carácter de este grupo poético, del que forma parte. Entonces publica su primer poemario: Elegía a un amigo muerto.

En diciembre de 1958 muere María Vicenta Casado, su madre, su amor y una de las dos piedras angulares de su razón de ser. “El mundo, materialmente, se me vino abajo”, diría luego. Su familia retorna a Aguilar y él se va a Madrid. Pero pronto adopta una actitud rilkeana y huye de “los gijones que en el mundo han sido, de la vulgarísima francachela poético y del desmadre y de la vulgaridad de aquel Madrid”. En diciembre de 1959 vuelve definitivamente a su pueblo; con su hermana María y la familia de ésta vivirá hasta su muerte. Deja de escribir. Es cuando se endilia en Aguilar, como bibliotecario de lo que él llamaba La pública, de donde nunca volvió a marcharse, salvo cuarenta días en París y Ginebra, con su amigo Sebastián Kerr, donde conoce a Jean Paul Sartre y Simone de Beavoir.

A finales de los sesenta, pierde la voz física y espiritualmente, y la recobra a comienzos de los setenta.  En 1980 publica un libro, Poemas ancestrales, ya escrito antes del largo silencia, y retoma la poesía.

En 1982 recibe el Premio Nacional de la Crítica por Ocaso en  Poley. Atrae como poeta, oralista y sofista a personalidades destacadas del panorama artístico, científico y político de toda España en los años ochenta y noventa. La taberna de El Tuta, de la plaza Ochavada, sería ya el santuario hasta donde peregrinarían amigos, poetas, artistas, políticos, intelectuales y admiradores de Vicente Núñez Casado, “soltero, pero por la Iglesia”, como gustaba decir.

Aguilar empieza a ser frecuentado por lectores, por nuevos amigos, por quienes han oído hablar de un singular y retirado personaje. En 1984 Aguilar le nombra hijo predilecto y pone el nombre de Vicente Núñez a la calle donde reside; el Ayuntamiento, comunista entonces, le mantiene el sueldo de bibliotecario, pero liberándole de las tareas del puesto: su trabajo será sólo el de escribir.

En 1986 es nombrado Corregidor Mayor y Perpetuo de la Poesía Española. En 1989 el Instituto de Bachillerato de Aguilar toma la denominación “Vicente Núñez” por la Consejería de Educación. En 1990 recibe la Medalla de Plata, por la Junta de Andalucía; y Fiambrera del mismo metal, por el Ateneo de Córdoba. En 1993 es Candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras, por acuerdo unánime de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes. En 1998 recibe el IV Premio Creadores Cordobeses, por la Diputación de Córdoba y en 2002 la Medalla de Oro del Ateneo de Córdoba.

Murió el 22 de junio de 2002, coronado por la gloria y la fama que nunca buscó. Fue enterrado en el cementerio de Aguilar, donde leyeron poemas suyos Fernando Serrano y Juana Castro. Tres días después se le concedía el Premio de Poesía “Luís de Góngora”, la más alta distinción de las letras andaluzas.

La obra de Vicente se extiende en numerosos campos: si, en primer lugar la poesía es su núcleo decisivo, aparecen también los sofismas como labor constante de las dos últimas décadas de su vida; al lado, los textos críticos de su juventud y los posteriores ensayos, tan personales y creativos. 

Pero, además de ser autor de esta obra escrita, Vicente era un personaje singular cuya conversación concitaba –en las calles de Aguilar y los pueblos próximos, en la pequeña taberna del Tuta, en fugacísimos e infrecuentes viajes a otros lugares- una amplia y plural compañía, asistente fascinada a la memorable performance ininterrumpida del poeta.

Y, por fin, los largos periodos de silencio que puntúan su actividad de escritura han acabado adquiriendo una naturaleza expresiva propia, convirtiéndose en un foco de sentido que no puede soslayarse. Se definía por su capacidad de ironía, casi siempre cercana al sarcasmo y su ingenio. Así, poesía, sofismas, ensayos y reseñas, oralidad y silencio componen una obra múltiple y de rostro cambiante, versátil y sólidamente tramada en su fondo, que aún espera una consideración de conjunto.

Escribió Vicente Núñez que “el mundo no es nunca punto final; es siempre puntos suspensivos”. Y el acercamiento a su obra lo confirma: se diría que apenas estamos empezando a leerla. La lectura de todo gran poeta necesita tiempo, la lenta posibilidad de penetración que favorece el tiempo, el demorado descubrimiento de lo que ya veíamos sin habernos hecho conscientes.